Los bancos centrales de todo el mundo llevan más de un año comprando oro a un ritmo que no se veía en décadas. Ese movimiento explica buena parte de la fuerte subida que acumula el oro este año, y ayuda a entender por qué Bolivia, como país productor, está recibiendo un ingreso adicional justo cuando más lo necesita.
Detrás de esta tendencia hay una estrategia de diversificación que se aceleró en los últimos años, cuando varios bancos centrales empezaron a reducir su dependencia de los activos denominados en dólares. Las tensiones geopolíticas, la expectativa de que la Reserva Federal de Estados Unidos recorte sus tasas de interés y una desconfianza creciente hacia los activos financieros tradicionales explican buena parte de esa migración hacia el oro físico como reserva de valor. China, Rusia, India y varias economías emergentes lideran ese proceso, que analistas describen como una forma silenciosa de reducir la exposición al dólar sin romper abiertamente con el sistema financiero internacional.
Quién gana y quién pierde
Los países productores de oro son los grandes ganadores de este ciclo, entre ellos Bolivia, que exporta el metal a precios muy superiores a los de hace apenas un par de años. Los bancos centrales que ya acumularon oro en el pasado también ganan, porque el valor de sus reservas sube junto con el precio del metal. Pierden, en cambio, los países y las empresas que dependen de importar oro para joyería o industria, que hoy pagan sustancialmente más por el mismo insumo. Estados Unidos enfrenta un dilema distinto, porque cada compra de oro que hace un banco central en lugar de comprar bonos del Tesoro es financiamiento que deja de llegarle a su déficit fiscal.
El efecto en Bolivia y cómo podría aprovecharlo
El caso boliviano tiene un matiz que lo hace todavía más directo. El Banco Central de Bolivia lleva meses comprando oro a los mineros del país y guardándolo como parte de sus reservas internacionales, en un momento en que las divisas líquidas escasean. Cada onza que el instituto emisor adquiere hoy vale más en dólares que hace apenas unos meses, simplemente porque el precio internacional subió. Ese mismo oro, además, no se queda guardado para siempre, el Banco Central mantiene comprometidas varias operaciones de venta de oro a futuro que vencen escalonadamente durante el año, y cada una de esas ventas se ejecuta ahora a precios más altos de los que existían cuando se pactaron. En la práctica, eso significa más dólares entrando al país por la misma cantidad de metal.
El beneficio, sin embargo, tiene un límite. La composición de las reservas bolivianas depende cada vez más del oro y cada vez menos de divisas líquidas disponibles de inmediato, lo que deja al país en una posición más rígida para responder a pagos externos urgentes. Aprovechar bien esta ventana implicaría convertir parte de ese oro en divisas mientras el precio sigue alto, en lugar de esperar a que el ciclo cambie de dirección.
El mercado observa ahora si la Reserva Federal confirma recortes de tasas en los próximos meses, una señal que históricamente impulsa aún más al oro al reducir el atractivo de mantener dólares. Para una economía exportadora de metales preciosos como la boliviana, sostener este viento a favor depende de que la fiebre del oro no sea solo un episodio pasajero de nerviosismo global, sino el inicio de un reacomodo más largo en la forma en que el mundo guarda su riqueza.





